La batalla más dura se libra en la secundaria


Algunos hasta tienen aquí que soportar maltratos y acosos laborales por resistirse a transformar al aula en un club de divertimento; padecen las críticas de una u otra corriente didáctica según sea la moda que las ensalce; y no es raro que sean insultados por los padres de los mismos alumnos a quienes ellos pasan horas enseñándoles.En la cadena, les tocó estar entre los docentes de la primaria —pero no cuentan con el afecto que por ellos se tiene— y los de la universidad —pero sin el prestigio que da ejercer en el ámbito superior. Suelen cargar con el demérito y la desaprobación o son tan ignorados que se convierten en seres anónimos.Sin embargo, ninguno de esos vientos ha logrado derribar a los buenos profesores de la secundaria. Y aunque saben que ha caído en desuso la práctica de enseñar y que ya no está en boga la exigencia, ellos siguen empeñados en trasmitir. Y cada día, frente al aula, intentan el milagro del encuentro que se concreta en la transmisión del conocimiento. En el ejercicio del magisterio renuevan el misterio de una profesión que es generosa porque construye siempre en los otros.La enseñanza propicia un aprendizaje que siempre es iluminador en el sentido de que revela una verdad de algún tipo. Es un ejercicio que abraza alma, cuerpo, intelecto, en un movimiento siempre inquietante y perturbador que conlleva enseñar y aprender.Sólo quien se haya sentido atravesado por la fuerza de una vocación podrá entender que los profesores cumplen sus sueños de futuro en el ejercicio diario de la docencia secundaria.Pero, por qué negarlo, hay días en que se preguntan si en los tiempos que corren no deberían empezar a creer en lo que afirman algunos: que su rol de enseñantes está ya oliendo a viejo y su destino más próximo será el anticuario.Después de todo, ¿qué tiene un profesor para ofrecer a un joven estudiante que habita un mundo regido hoy por los dioses del consumo, la competencia, el exitismo y la grosería de los mercados? Los profesores no tienen entre sus apuntes recetas para mantener la juventud. En sus cuadernos no llevan ninguna fórmula que asegure la comodidad y sus fichas de trabajo carecen de esquemas y notas para conseguir el confort y el lujo.Que los buenos profesores suelen pedir cambios en los diseños curriculares que mejoren el nivel de las escuelas es tan cierto como que ellos nunca dependerán de esos cambios para operar la transformación en los estudiantes.Saben que la enseñanza cobra cuerpo en la práctica dialéctica con sus alumnos. Que el aprendizaje propicia el punto siempre inexplicable del entendimiento espiritual, aun cuando —o mejor porque— ellos ponen límites, corrigen, indagan, provocan, interrogan, exigen, obligan.En tiempos en que el conocimiento, la disciplina, el aprendizaje, la lectura y la escritura son bastardeados y menospreciados, los buenos profesores de la secundaria no le temen a la dificultad, por el contrario, la enfrentan y asumen las asperezas que ésta provoca en el vínculo con los alumnos. Creen que la educación es el camino y nunca circulan por los atajos de la demagogia.

La batalla más dura se libra en la secundaria

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Publicado el 13 septiembre 2007 en Enseñar, Padres y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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